viernes, 22 de noviembre de 2013
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miércoles, 20 de noviembre de 2013
COLOMBIA ACTUAL (POLÍTICA)
Fragmento de 'Pa que se acabe la vaina', un nuevo ensayo de este escritor sobre nuestra realidad.
Al período que va de 1880 a 1930 lo llamamos en Colombia la república conservadora. Corresponde a la Constitución centralista de 1886 y tuvo comienzo con el gobierno de la Regeneración, que sometió al país a una alianza entre los terratenientes y el clero, prohibió la lectura libre durante buena parte del siglo, educó al país en el racismo, la intolerancia con las ideas distintas, la mezquindad como estilo de vida y el irrespeto por los derechos de los ciudadanos.
En el país más mestizo del continente, donde las uniones maritales se daban de hecho entre gentes de todas las razas, no hubo nada más perseguido que el amor libre y nada más discriminado que los hijos de uniones no bendecidas por la Iglesia, que eran seguramente la mayoría. ¿Cómo puede quererse a sí mismo un país que crece en el odio por los indios y los negros, que son el origen irrenunciable de la mayoría de la población? ¿Cómo puede crecer sin intolerancia y sin resentimiento un país donde los hijos del amor son proscritos y considerados ciudadanos de segunda categoría?
Cuando intentaban ser católicos, esos mismos hijos del amor libre se encontraban con la discriminación y el maltrato. De ese modo, muchos seres que hallaban en la doctrina cristiana de amor y de igualdad, de respeto y de compasión, un consuelo frente a las dificultades del mundo y una promesa de dignidad y de afecto vieron burlada su fe íntima por una alianza innoble de los poderes eclesiásticos con los poderes del mundo, y si algo hay que decir es que el Cristo original de los pobres y de los mansos era traicionado por los mercaderes en el propio templo.
Esa es la más grave culpa de la Iglesia católica y de sus viejos prelados, y está en la raíz de todos los males de Colombia. Es el estigma que la Iglesia, aliada de mil maneras con el poder político e incluso con el poder militar, trazó sobre la frente de la nación, y ese es el tamaño de la deuda histórica que ese poder clerical cerrado y fanático tiene con el país, una deuda que no alcanzará a verse compensada con todas sus caridades y sus buenos ejemplos.
Pero también es grande la responsabilidad de la Iglesia en la persecución y satanización del pensamiento liberal, no sólo porque sabía que iba a moderar su influencia sobre los ciudadanos, a proteger a los no creyentes, a los no practicantes y a los hijos de las uniones libres, sino porque iba a poner en cuestión las propiedades de la Iglesia, que en Colombia apenas fueron comparables con las del ejército.
Así contribuyeron las sotanas y las bayonetas a la perpetuación en Colombia de una Edad Media más tenebrosa que en cualquier otro lugar del continente. Basta recordar que hace apenas un cuarto de siglo quienes querían contraer matrimonio civil tenían que ir a cualquiera de los países vecinos, Venezuela, Panamá o Ecuador, porque en Colombia, que vivía envanecida de su supuesta modernidad, el único matrimonio con validez legal era el católico.
Basta pensar que todavía hoy, cuando hasta el pontífice romano predica en Río de Janeiro que nada les conviene tanto a las sociedades como el Estado laico, que permite a las religiones convivir y entregarse a predicar sus valores, a formar a sus fieles en una ética del respeto y la responsabilidad, todavía hoy en el ápice del poder colombiano hay gobernantes que hablan con el dogmatismo de los viejos obispos y sombríos funcionarios cuyas providencias se rigen menos por la Constitución que por la Inquisición.
La élite que heredó la república y la dominó durante dos siglos fue la encargada de perpetuar el discurso colonial. Durante mucho tiempo el modelo escolar estaba hecho para reproducir unas cuantas verdades eternas: que había unas metrópolis a las que había que imitar en todo; que la Iglesia católica era el único credo, fuera del cual no hay salvación; que el matrimonio por la Iglesia era la única fuente de legitimidad social; que Colombia era un país blanco, católico, de origen europeo; que nuestro deber era hablar una lengua de pureza castiza, y que la democracia sólo exigía respeto absoluto por las autoridades, sometimiento total a las normas, obediencia al Estado y a sus fuerzas armadas.
El lenguaje fue pues utilizado inicialmente para unir al país a través de la ortodoxia clerical y la descalificación de toda disidencia. El relato de la nación se articulaba en los púlpitos. Pero como mucha gente quedaba por fuera de ese estatuto ideológico tan cerrado y tan lleno de hipocresía, el poder económico, el poder religioso, el poder de la escuela y el poder del Estado fueron utilizados para someter por cualquier medio a todo aquel que no se sintiera incluido en el orden de la república.
Pero los que se sometían no por ello merecieron ser tratados como ciudadanos. La república no era el nombre de un proyecto nacional coherente sino el nombre de un conjunto de negocios particulares, de proyectos de casta y de iniciativas de los poderosos, y el papel de la comunidad era someterse a sus prioridades, aceptar el lugar de quien no ha sido invitado a la fiesta, y sólo puede estar allí en condición de servidor o de intruso. Hasta un nombre se inventó para los que pretendieron asumir esa condición de igualdad que mentía la doctrina, pero que la realidad continuamente negaba: “igualados”.
Es un fenómeno que podemos advertir en la mezquindad de los espacios públicos. Cuando uno visita Francia o España, Brasil o Argentina, lo primero que advierte es la enormidad y el refinamiento de los espacios hechos para el disfrute de la comunidad: un parque como el de El Retiro en Madrid, espacios como la explanada de los Inválidos en París, como las fuentes de Trocadero ante la torre Eiffel y los sucesivos campos de Marte, espacios como las orillas del río o el Jardín de Luxemburgo muestran a sociedades donde el ciudadano es considerado el principal destinatario de la inversión pública; donde el descanso, la recreación, los encuentros de la comunidad son parte principal de la agenda de gobierno y de las obras públicas.
Uno ve los parques inmensos llenos de obras de arte, los museos, los palacios de justicia, los panteones, los sistemas de transporte, y tiende a decirse que claro, todo eso es posible porque Francia es extensa y rica. Pero después uno reflexiona sobre el tema y recuerda que Francia es un país con la mitad del territorio de Colombia, y que en Colombia los parques son diminutos o inaccesibles, las perspectivas urbanas, mezquinas, las zonas practicables para la comunidad carecen de diseño, de grandeza y de espíritu, hasta el punto de que recién en las últimas décadas han empezado a verse tímidamente espacios como el parque Simón Bolívar en Bogotá, donde se realizan a veces eventos masivos. Y hasta allí es posible advertir que una ciudad de esta magnitud no tiene escenarios para grandes espectáculos, de modo que terminan cobrándoles fortunas a los asistentes por escuchar un concierto entre el frío y el barro, en la más deplorable incomodidad.
Apenas a finales del siglo XX, espantados por las explosiones de violencia en las barriadas, a los administradores se les ocurrió que a lo mejor dándole algo a la comunidad, ofreciendo espacios para la recreación y la cultura, instalando sistemas de transporte mínimamente operantes, podría conjurarse la explosión de una energía social exasperada y sin rumbo. Así, lo que la democracia tendría que haber ofrecido desde el comienzo como un gesto natural hacia la dignidad de las mayorías, porque los espacios públicos son la morada común de la democracia, eran improvisados al final como dádivas para contener las erupciones sociales largamente gestadas en la tiniebla, y hubo quien se extrañara de que esas inversiones no conjuraran en el acto un malestar social madurado por siglos.
Nos hemos permitido llegar a la segunda década del siglo XXI sin un metro en una ciudad de ocho millones de habitantes como Bogotá, para no hablar de ciudades como Cali o Barranquilla, cuyo espacio urbano era propicio para toda clase de obras generosas y que han demorado mucho tiempo la construcción de espacios para la felicidad colectiva. Y hace muy pocos días se reveló que un Estado que invierte fortunas en armas y en ejércitos tiene para todos sus museos en el territorio nacional un presupuesto que sería insuficiente para uno solo. Por eso nadie tiene tanta razón como Fernando Vallejo, el gran impugnador de un orden social irrespetuoso e inicuo, quien ha dicho que lo único que esta dirigencia mezquina y sin sueños le enseñó al país es el arte miserable de dividir una servilleta en cuatro. (...)
* * *
(...) ¿Qué hizo a los dirigentes tan mezquinos y tan capaces de despreciar al pueblo? Seguramente la convicción colonial de que les había tocado administrar un país de tercera categoría, el dolor de no haber nacido en España o en Francia o en los Estados Unidos; tener que resignarse a derivar su riqueza de este suelo y a convivir con lo que siempre llamaron “un país de cafres”. Pero si de ellos dependía que Colombia tuviera obras públicas, espacios bellos, fuentes, parques, monumentos, sitios de la memoria, redes ferroviarias, agricultura, industria, ¿por qué se dedicaban a venerar los lugares lejanos y a envidiar sus excelencias en vez de hacer a su turno, como lo hicieron otros países del continente, ciudades hermosas y obras admirables?
Mi opinión es que el pueblo que les tocó en suerte no les parecía digno de esos esfuerzos. Era mejor poder ir a París, y volver aquí a envanecerse de esos viajes, que construir en este suelo una patria digna, ciudades hermosas y comunidades respetables. El poder del discurso colonial les había calado hasta los tuétanos, y fue por eso que todo lo que salía de las manos y el espíritu del pueblo, la música original de las comunidades, el teatro, las danzas, las artesanías, las narrativas regionales, todo lo que le hiciera algún reconocimiento a la iniciativa popular era descalificado inmediatamente por las cribas de la aristocracia.
WILLIAM OSPINA
Para EL TIEMPO
Para EL TIEMPO
jueves, 14 de noviembre de 2013
domingo, 3 de noviembre de 2013
miércoles, 30 de octubre de 2013
ALGUNOS APARTES DE LA CONFERENCIA DEL DR. HORACIO SERPA
LA PAZ UNA DECISIÓN DE TODOS: (CONFERENCIA DE
H. SERPA)
La paz es un
acontecimiento y responsabilidad política de toda comunidad. No es un propósito
de partido, ni programa electorero. En los 200 años de historia colombiana,
todo ha sido tirado a la basura, debido a la confrontación interna, a las
luchas intestinas partidistas.
En la década de los 50, se crea el frente
nacional,(alternancia en el poder) para solucionar la crisis pero de nada
sirvió.( el frente nacional fue una coalición política pactada en Colombia, entre liberales y conservadores, que se
mantuvo vigente entre 1958 y 1974.
En 1964
nacen en nuestro país las guerrillas, producto de la injusticia social,
problemática socioeconómicas y el no resuelto todavía hoy de la “Tenencia de la
tierra”(crisis humanitaria que viven los campesinos
hace más de 50 años, por un conflicto social y armado en el que la élite
pretende defender su poder político y económico) la
Farc, el Eln, en los 70 el M19, después el movimiento Jaime Bateman Cayon,
Quintín Lame y otros, hacen su debut en los diferentes escenarios colombianos haciéndose
notar con sus actos.
Están en boga las doctrinas MARXISTAS ( Ideologías políticas. Movimiento comunista. Marxismo.
Comunismo. Karl Marx. Federik Engels. División del trabajo. Manufacturas.
Desarrollo de fuerzas productivas),
Puestas en práctica por la Urss, China, Cuba,
Corea del Norte y por todos los movimientos subversivos, estudiantiles, sindicalistas
y todos los que convergen en ideologías de izquierdas.
En 1982, B.Betancur inicia un proceso de paz con un mensaje: “la
paz es nacional”. El acuerdo de paz no concluyó fue un fracaso. Después V. Barco (86 al 90) quiso hacer lo mismo, pero tampoco tuvo resultados.
Más adelante se logra un acuerdo con el M19 (nace en el 70 y
se desmoviliza en el 90) QUINTIN LAME (desmoviliza en los 80) y con el partido revolucionario de los
trabajadores. En 1991 se da la constituyente y se pensaba en un clima de paz y
entendimiento, entonces secuestran y muere en cautiverio en manos de EPL, el ex
ministro de estado Argelino Durán Quintero (el 26 de enero de 1992 fue secuestrado por la guerrilla del ejército popular de liberación EPL, en Ocaña). Pastrana se lanza con un proceso de paz con la FARC en el Caguan,
(1998-2002) el cual fracasa estruendosamente. Cuando asume el poder Alvaro
Uribe Velez, su propósito es: No a ningún
acuerdo de paz. La derrota de la guerrilla debería ser a través de las
armas. El, es un hombre siniestro que enreda al país con una falsa realidad: la paz a través de las armas. Nada de
acuerdos, nada de mesas de conversaciones, solo golpes contundentes y
sangrientos, inclusive poniendo en peligro la paz fronteriza, violando los
tratados y convenciones internacionales.
Santos, nuevamente retoma los procesos de paz, mas por la
presión internacional que por un acto de convencimiento propio. Santos,
tradicionalmente ha pertenecido a esa élite burócrata y dominante del país que
ha permanecido durante 200 años y que solo trabajan por el enriquecimiento de
ese grupo privilegiado. Si analizamos la historia nuestra, esto de los acuerdos
de paz es un fenómeno recurrente cada 10 años. Para santos el fenómeno de la
guerrilla es un conflicto armado. Para Uribe
es amenaza terrorista. El 6.5 del
presupuesto nacional se va en la manutención de la guerra. O sea el 23% del
total del presupuesto nacional. El 39% se va en pago de intereses a la deuda. Y
el 38%, se lo roban los políticos. Cuales
transformaciones? Cual desarrollo? es urgente la Reforma Agraria, pero
intereses de clase (los terratenientes, latifundistas) no lo permiten. Uribe
afirma que no puede haber paz sin impunidad, es una frase farisea. Porque en Colombia
la impunidad es del 94%. Lo que se estila para esto es la justicia
transicional. Se calibran los delitos atroces y los de lesa humanidad, y se
negocia. Eso es lo que nos enseña la historia que han hecho los países que han
estado en esta misma situación.
Si no se
firma la paz, habrá en los próximos años, 20 mil muertos, 2 millones de
desplazados, 50 mil mutilados.
Representantes
del gobierno en la mesa: Humberto de la calle, alto consejero para la paz. Los
generales retirados: Naranjo y Mora. El presidente de la ANDI (Luis Carlos
Villegas), Alejandro Eder (un rico comerciante de Cali pero con conciencia
colectiva). y Quico Lloreda, alto consejero para la seguridad. A todos ellos Uribe
los coloca en la orilla de los amangualados con la guerrilla.
En Latinoamérica,
tenemos: tres presidentes
latinoamericanos, electos por su pueblo, que han sido guerrilleros: Daniel
Ortega de Nicaragua, José Mujica de Uruguay y Dilma Roussef de Brasil. Han
llevado a sus comunidades al cambio.
Ahora en Colombia
medimos el tiempo por el número de muertos: “nos encontramos dentro de 5mil
muertos”.
Frase para
tener en cuenta. “prefiero equivocarme haciendo la paz, que hacerlo aceptando
la guerra”.
lunes, 14 de octubre de 2013
“La metáfora es un lenguaje universal”
. “La metáfora es un lenguaje universal”, dice. http://bit.ly/1bSuahs — "Es difícil competir con la realidad"
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